Sui martiri gesuiti della UCA in Salvador nel 1989 leggi: due interventi di Jon Sobrino del 2005 e del 2009, un intervento di padre Felice Scalia S.J., e lo scritto di Civiltà Cattolica di questo mese di novembre 2019

ECLESALIA, 12 de octubre de 2005

‘LO MISMO Y LOS MISMOS’

Las víctimas de octubre

JON SOBRINO, 09/10/05

SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 12/10/05.- En El Salvador siempre hay mártires que recordar. Ahora nos acercamos a los de la UCA en noviembre, a las cuatro religiosas norteamericanas en diciembre y a los innumerables mártires de siempre. Pero este mes de octubre ha traído otras víctimas, producto de la naturaleza -tormenta y erupción de un volcán- y de la iniquidad de los humanos. En San Marcos toda una familia, papás y tres niños, murió soterrada. El comentario que se oyó fue lacónico y certero: “No los ha matado la naturaleza, sino la pobreza”.

Sobre estas víctimas y sus responsables, sobre lo que nos exigen y también sobre lo que nos ofrecen -si nos abrimos al misterio de la vida- queremos hacer unas breves reflexiones.

 

  1. “Siempre lo mismo y los mismos”. El pueblo crucificado. Las escenas de sufrimiento y crueldad son sobrecogedoras, y la magnitud es escalofriante. Los muertos son más de 70, los damnificados, de una u otra forma, pasan de 70,000, y los daños materiales pueden ser lo equivalente a tres o cuatro veces el presupuesto nacional. La catástrofe se extiende a México y Nicaragua, y sobre todo a Guatemala. El poblado de Panabaj ha sido declarado camposanto: unas 3,000 personas murieron soterradas. “Una aldea maya yace bajo 12 metros de lodo”, decía la noticia. Al escribir estas líneas ha ocurrido el terremoto en Cachemira: 30,000 víctimas y dos millones y medio de damnificados.

Ante esto, nuestra primera reflexión es la siguiente. Estas terribles realidades no nos ofrecen nada que no hayamos visto antes. Con matices distintos, dicen lo de siempre: en su inmensísima mayoría, las víctimas siempre son los pobres. Las catástrofes muestran la pobreza de nuestro mundo, y, a su vez, esa pobreza es, en buena parte, causante de las catástrofes y de sus consecuencias. A ello nos hemos acostumbrado con naturalidad, para que la psicología, la insensibilidad o la mala conciencia de los seres humanos pueda convivir con la catástrofe. Sin palabras se viene a decir: “Es normal que ellos, los pobres, sufran, pues así son las cosas. Anormal sería que nosotros, los que no somos pobres, suframos este tipo de desgracias”.

Los que sufren en las inundaciones, terremotos y erupción de volcanes -como ahora el de Santa Ana-, los que no tienen trabajo o son despedidos, los mojados y los expulsados de Estados Unidos, los que pierden sus casitas y pertenencias, los que ven morir a sus hijos o a sus padres, son siempre los mismos, los pobres. Y con frecuencia son mayoría los más débiles de entre ellos: niños, mujeres y ancianos. Lo mismo ocurría en tiempo de represión y guerra: la mayoría de los torturados, desaparecidos, muertos, eran pobres. Hace falta un Roque Dalton para poder cantar bien esa letanía.

De manera precisa lo decía Ellacuría. Lo que caracteriza a nuestro país es el “pueblo crucificado”. Y añadía dos cosas, a cual más fuerte y lúcida. Una es que a ese pueblo le arrebatan “la vida”, lo más fundamental y básico. Y la otra es que ese signo que nos caracteriza es “siempre” el pueblo crucificado. Ya lo hemos dicho: con matices y excepciones, terremotos, inundaciones, derrumbes -antes, torturas, muertes, desaparecimientos- siempre se ceban en los mismos, los pobres. Y siempre producen lo mismo, muerte o cercanía a la muerte. Esto produce indignación -aunque hoy en día ya no parece estar muy bien visto el indignarse, aunque los poderosos toleren lamentos y llamadas, entre convencidas y rutinarias, a la solidaridad. Y menos existe la indignación cuando se repite, como en nuestro país, que las cosas van bien, o que van por buen camino. Pero además de indignar, la catástrofe hace pensar.

Se ofrece globalización como promesa firme y cierta de salvación, pero esta globalización, en contradicción flagrante con el concepto y la formulación, cuando ocurren las grandes tragedias, sigue siendo absolutamente selectiva: siempre en contra de los pobres, nunca -o rara vez– en contra de los ricos. Durante el tsunami sorprendió ver sufrir a europeos y norteamericanos, pero no sorprendió que sufrieran los pobres de Asia. Y durante el Katrina no sorprendió que los ricos abandonaran Nueva Orleans en jets privados, ni sorprendió que otros hicieran largas colas para conseguir gasolina en las carreteras. Ni que otros muchos, personas de raza negra, hombres y mujeres, siguieran entre inundaciones en el casco pobre de la ciudad. Es la estratificación natural de la sociedad. El “lugar natural”, que decía Aristóteles, de los pobres es la pobreza.

Ni el Banco Mundial, ni el Fondo Monetario, ni el G-8, ni los que proclaman el reto del milenio son capaces de pensar y decidirse en serio por una globalización real de la vida. No se trata de que todos sufran, sino de que nadie sufra.

Lo que ocurre estos días es escándalo de lesa humanidad. Nelson Mandela, en el marco de la presentación del último informe de Naciones Unidas, ha dicho que la inmensa pobreza y la obscena desigualdad son flagelos de esta época tan espantosos como el apartheid o la esclavitud lo fueron en épocas anteriores. Y Eduardo Galeano, llegado a nuestro país en medio de las inundaciones, ha dicho: “Espero que sirvan al menos para subrayar que debemos de dejar de llamarlas catástrofes naturales. Sí, son catástrofes, pero son el resultado del sistema de poder que ha enviado al clima al manicomio”.

  1. “¿La opción por los ricos?”. El pecado del mundo. Si la tragedia no es mero producto de catástrofes naturales y si la letanía de “lo mismo y los mismos” no es casualidad, algo sigue estando muy mal en nuestro país. Antes se le llamaba pecado estructural. Los cristianos hablaban de “pecado del mundo”, citaban a los profetas de Israel, a Jesús de Nazaret y la carta de un airado Santiago. Ahora ya no se estila mucho ese lenguaje, ni siquiera en las iglesias. Y el mundo democrático occidental, por una parte laico y secular, con todo derecho, no acaba de encontrar -y no sé si le interesa- palabras equivalentes que expresen la tragedia y la responsabilidad. Y menos si le salpican a él. Por eso habla de “los menos favorecidos”, “países en vías de desarrollo”. Eufemismos.

La tragedia de estos días muestra, una vez más, la injusticia estructural en el país. Antes de la tragedia, siguiendo una práctica secular, seguía sin protegerse adecuadamente las carreteras al construirlas, ni se cuidaba la construcción, muy vulnerable, de los sectores más pobres. Y todo ello es más escandaloso, cuando no se ha impedido que los millonarios deforesten y construyan sus casas a su antojo. Las promesas de prevención han sido papel mojado.

Ahora, ante la tragedia hay que preguntarse cuánto han sufrido unos y cuánto dinero han ganado otros, edificando en zonas prohibidas por la ley o por la conciencia. ¿Y qué hacen los responsables para impedirlo? ¿Dónde queda la opción por los pobres -por los “más pobres”, que decía sin inmutarse el presidente Christiani? Las catástrofes muestran lo que todo el mundo sabe. La opción de los que configuran el país va en la otra dirección: es, en directo, la opción por los que tienen dinero y por lo que da dinero. Optar por los pobres puede responder a algún vago sentimiento ético o a una estrategia para que la situación siga favoreciendo a los ricos. Pero no hay opción, no se piensa en los pobres antes que en los ricos al configurar el país.

Esto es de siempre y tiene raíces estructurales. Ahora, sin embargo, con las catástrofes afloran otros males coyunturales, que son también recurrentes. Ciertamente no es fácil dar a conocer la verdad de todo lo ocurrido, pero los miembros del gobierno no parecen estar preparados para informar. Es una expresión de irresponsabilidad gubernamental. Y mucho menos se quiere dar a conocer la verdad de las causas de lo ocurrido, pues entonces saldrían a relucir responsables y culpables.

Lo fácil es disimular, eximir de responsabilidades, exagerar lo que se ha hecho para paliar la catástrofe, prometer transparencia, o simplemente callar, no decir la verdad. Todo ello para que autoridades, políticos y adinerados queden bien. Es el encubrimiento de la realidad, práctica tan usada por el presidente Bush, hasta que los féretros aparecen en televisión y la realidad se hace inocultable. Entre nosotros no debiera extrañar la desvergüenza de no decir verdad. Todavía, 25 años después, los gobiernos no dicen la verdad sobre el asesinato de Monseñor Romero, aunque la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas ya emitió su juicio hace doce años. Y por otra parte se alaba públicamente y sin escrúpulos a responsables de escuadrones de la muerte.  (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

También aparece la inmoralidad de la propaganda partidista. El partido en el poder capitaliza la tragedia en su favor. En televisión se ofrecen en cadena -privada- microprogramas del partido Arena, de cinco a diez minutos, en los que aparecen sus candidatos a alcaldes y a diputados repartiendo ropa, camisetas…

Aparece la prepotencia de algunos grandes del capital, fotografiados en los periódicos, entregando cheques para los damnificados. Ignoran lo que decía Jesús: “que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda.

Y aparece la deshumanización de la industria de los medios. Algunos de ellos se disputan la “primicia” de la noticia, la foto del cadáver de una niñita rescatada. El éxito profesional, el ranking, interesa más que comunicar el dolor de la gente y sus sentimientos.

Sin embargo, aun con mucho en su contra, la verdad se ha vuelto a abrir paso: en los clamores de la gente que sufre, en personas sensatas que se preguntan con incredulidad cómo es posible tener un país así. A la entrada de la YSUCA, recogiendo y organizando ayuda de emergencia, un sacerdote de Sonsonate, lo dijo muy bien. “En el día a día pasa desapercibida, pero ésta es la verdad del país: la pobreza”.

  1. “El corazón de carne”. Solidaridad. En medio de la tragedia siempre aparece la fuerza de la vida, de la esperanza, del amor. Y en estas ocasiones toma la forma de solidaridad.

Muchos colaboran para aliviar el sufrimiento -la respuesta a las llamadas de la YSUCA, y de otros, es realmente impresionante. Llega gente con quintales de maíz, frijoles -a veces lo cargan mujeres sencillas sobre la cabeza-, azúcar, maseca, botes de leche, cientos de fardos de ropa, docenas de colchonetas, frazadas, medicina… Son gente sencilla, normal, que inmediatamente se ponen a ayudar para hacer llegar la ayuda. También se acercan algunas personas de más medios con donativos importante. A veces. empleados de empresas conocidas que, entre ellos, han recogido la ayuda. Hasta un equipo pesado ofreció un constructor para remover escombros. Y llegan médicos, enfermeras, religiosas… Es la ayuda y el servicio que brota como lo obvio, como lo que nos mantiene con un mínimo de humanidad.

Muchos albergues son atendidos por las iglesias. La ayuda gubernamental, cuando llega, llega tarde y limitada, y a veces hasta es rechazada por la gente. Muchas parroquias y comunidades, católicas y protestantes, comunidades, religiosas, agentes de pastoral, pastores… se desviven estos días. Y lo hacen con sencillez y con gran creatividad, como lo que les permite ser cristianos y cristianas por que son humanos y humanas. Y lo hacen sin esperar ni depender mucho de orientaciones de arriba.

También hay ofertas de ayuda de afuera. Según una tradición secular, algunas llegarán con eficacia e integridad, fruto del dolor y del cariño. Son “los solidarios de siempre”, personas e instituciones, que también en tiempos de normalidad ayudan a la promoción de las comunidades, a las instituciones que velan por los derechos de los pobres, y a las que analizan y dicen su verdad. Estos solidarios, por cierto, también vienen al país cuando el pueblo celebra a Monseñor Romero y a sus mártires. Es la solidaridad “salvadoreñizada”.

Otras ayudas llegarán con mayor burocracia, con mayor interés político y con mayores sospechas de no llegar a su destino como Dios manda. Bienvenidas sean, al menos para emergencias. Pero añadamos un deseo: que no olviden que, si no ayudan a cambiar nuestras estructuras injustas, peor aún, si las solidifican y se aprovechan de ellas para hacer ellos un buen negocio, ayudar en las catástrofes es rutina que no humaniza. Y puede ser escarnio. Es como mantener moribundo al pobre Lázaro junto al ricachón, cada vez más vivo y opulento.

  1. “Santidad primordial”. Lo heroico de vivir. Hagamos ahora unas reflexiones más allá de lo visible y constatable. Son audaces. Aceptarlas o no, dependerá de la sensibilidad y de la fe de cada quien, fe religiosa o humana, con que se mira la realidad. Y ante las víctimas sólo podemos hacerlas con el máximo respeto.

En los lugares afectados por las catástrofes las escenas son desgarradoras. Como en el siervo sufriente de Jahvé, no hay en ellas belleza alguna. Al ver a las víctimas clamando, defendiendo a sus hijos pequeños, llorando sobre sus cadáveres, agarradas a un silla -lo único que les ha quedado- para que no se la lleve el agua, rezando también, protestando por lo que el gobierno hace y no hace, vienen a la mente muchas otras catástrofes. Entre nosotros, terremotos, represión y miseria cotidiana; en otros lugares, Níger, Sudáfrica, los Grandes Lagos, madres y niños famélicos, con SIDA, caminando en grandísimas caravanas cientos de kilómetros sin prácticamente nada. Pero puede ocurrir -y ocurre- el gran milagro: las víctimas quieren vivir, ayudarse mutuamente para vivir. Y entonces en medio de la catástrofe aparece dignidad, amor, esperanza, hasta organización popular, religiosa y civil -de mujeres sobre todo- para decir su palabra y mantener su dignidad. En El Salvador es bien conocida la decisión de las víctimas a rehacer sus vidas después de las catástrofes.

No creo que hay palabras adecuadas para describirlo, pero quizás sirvan éstas. “A este anhelo de sobrevivir en medio de grandes sufrimientos, los trabajos para lograrlo con creatividad, resistencia y fortaleza sin límites, desafiando inmensos obstáculos, lo hemos llamado la santidad primordial. Comparada con la oficial, de esa santidad no se dice todavía lo que en ella hay de libertad o necesidad, de virtud u obligación, de gracia o mérito. No tiene por qué ir acompañada de virtudes heroicas, pero expresa una vida toda ella heroica. Esa santidad primordial invita a dar y recibir unos a otros y unos de otros, y al gozo de ser humanos unos con otros”.

  1. “¿Dónde está Dios?”. En la cruz. Ese misterio de esperanza y dignidad en medio de las catástrofes nos lleva al misterio de Dios. Empecemos recordando, por si algún lector así lo piensa, que Dios no envía catástrofes para castigar a los seres humanos, como lo gritan unos. Tampoco están predichas en la Biblia, como predican otros. La predicción más segura es la de Mateo 25: “la salvación y la condenación dependen de servir o no al pobre”.

Sí abunda un sentimiento religioso de que “ante las cosas de Dios no podemos hacer mucho”. Es la fe respetuosa. Pero no impide preguntarle y cuestionarle, como Job, como Jesús en la cruz, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué nos has desamparado?”. Es la teodicea de que hablan los teólogos.

Sea cual fuera la respuesta o el silencio de Dios que escuchamos, bueno es recordar en estas situaciones lo que Rutilio Grande decía a los campesinos de Aguilares: “Dios no está en una hamaca en el cielo”. En nuestros días está en medio del sufrimiento y de las víctimas. No para bendecirlo y justificarlo, sino para decir que él no quiere quedarse placenteramente en el cielo cuando sus hijos e hijas, los más queridos suyos, los pobres, sufren en esta tierra.

Esto es lenguaje simbólico. Con él se quiere decir que Dios ama en verdad a las víctimas de este mundo. Se podrá o no creer en ese Dios, se podrá preguntarle “¿por qué?”, sobre todo los que se han quedado sin nada, sin su casita, sus hijos, sus papás. Se podrá dudar de su omnipotencia, pero no se le podrá acusar de indiferencia. Un gran teólogo alemán decía en medio de los horrores de la segunda guerra mundial: “sólo un Dios así, sufriente con nosotros, puede salvarnos”.

  1. “Bajar de la cruz a los crucificados”. El mandamiento de Dios. Lo que acabamos de decir no es la última palabra de Dios en estos días. Su última palabra -y para quien no sea creyente, la última palabra de la conciencia- es una exigencia, que -si se nos perdona la audacia- pudiera ser ésta:

“Salven a este mundo. No hay nada más urgente ni más importante. No piensen que se olvidan de mí por acoger damnificados, recoger y enterrar cadáveres, consolar a sus familiares. Están más cerca que nunca… Estudien, investiguen y busquen, por amor a mi nombre, soluciones de verdad para prevenir y paliar catástrofes… Terminen con la corrupción y la mentira, gobiernen con justicia y honradez, sin escapatorias… Y no se llenen la boca gritando democracia, globalización. Y aprendan de mi enviado Jeremías. Zahirió a los que obraban mal y se excusaban gritando “templo de Jerusalén, templo de Jerusalén”. Les digo a ustedes, lo que Jeremías les dijo a ellos: ‘Lo que Jahvé quiere es que mejoren su conducta y obras, que hagan justicia, que no opriman al forastero, al huérfano y a la viuda’. Hoy les digo: ‘¡bajen de la cruz a los crucificados!’”.

  1. ¿Y los aniversarios de los mártires? Estas reflexiones iban a ser sobre los mártires de la UCA del 16 de noviembre y sobre las cuatro religiosas norteamericanas del 2 de diciembre. En aquel entonces las víctimas morían violentamente a manos de victimarios. Las de estos días han muerto, o siguen sufriendo, en buena parte, por la desidia, la corrupción, la ambición egoísta, que lentamente erosiona nuestro país. Y sobre ellas hemos hablado.

Pero no olvidemos que hace años hubo mártires porque había víctimas, y aquéllos las defendieron hasta el final, dando su vida. Estos días no hay mejor forma de recordarles que socorriendo y consolando a las víctimas de la naturaleza, defendiéndolas de estructuras ineptas e injustas, y de todo egoísmo. Fomentando justicia y vida, y sobre todo esperanza. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Jon Sobrino

LOS MÁRTIRES DE LA UCA. EXIGENCIA Y GRACIA

Jon Sobrino *Adital – 13.11.09 – EL SALVADOR

Hace veinte años asesinaron a mis hermanos jesuitas de la UCA, a Julia Elba y Celina. Yo estaba en Tailandia, y de regreso a El Salvador tenía que pasar por San Francisco. En el aeropuerto me esperaban, con rostros impávidos, Steve Prevett y Peggy O’Grady. En las calles de San Francisco, con un parlante en la mano, Paul Locatelli condenaba los asesinatos, y Tessa Rouverol le acompañaba. Me trajeron a la universidad de Santa Clara. La comunidad me acogió como a un hermano y en ella pasé varias semanas. Al llegar me encontré con ocho cruces plantadas delante de la Iglesia. Y cuando un desalmado las arrancó, Paul Locatelli inmediatamente las volvió a plantar. Nunca lo olvidaré. Por eso, ahora tengo un sentimiento de “volver a casa”. Sobre estos mártires quiero hablarles, con agradecimiento por lo que fueron e hicieron, pero también con la convicción de que es vital mantenerlos vivos y de que sería fatal dejarlos morir. Los mártires, ellos y ellas, nos confrontan con nosotros mismos sin escapatoria, iluminan las realidades más profundas de nuestro mundo y lo que hay que hacer con él. Tenemos que enfrentarnos a los ídolos que exigen víctimas en el tercer mundo, aunque sus raíces más hondas están en el primero, y tenemos que trabajar por revertir la historia, y salvar así a una civilización que está gravemente enferma, como decía Ignacio Ellacuría, a un mundo en trance de muerte, como dice Jean Ziegler. A los cristianos los mártires nos señalan, mejor que nada y sin temor a equivocarnos, el camino a seguir. Son los que más nos empujan al seguimiento de Jesús y mejor nos introducen en el misterio de su Dios. En el mundo que llamamos de abundancia la palabra “mártir” produce extrañeza, incluso repulsión, pero entre nosotros -y aquí asoma la paradoja cristiana- también produce luz, ánimo y agradecimiento. Por eso no debiéramos permitir que la palabra “mártir” pierda su vigor. Debe mantenerse como referente cristiano y social insustituible para humanizar a este mundo. Exactamente como la cruz de Jesús. Por esa razón hablaré ahora sobre los ocho mártires de la UCA.Para ponerlo en un contexto, no sólo académico, sino humano, comienzo recordando cuál fue la reacción ante sus muertes de dos personas bien conocidas. Uno, el Padre Arrupe. Cuando los mataron, estaba ya en cama prácticamente sin poder pronunciar palabra ni comunicarse. Cuenta el enfermero que, al darle la noticia, “el Padre Arrupe se echó a llorar”. Era todo lo que podía hacer, pero en el llanto el Padre Arrupe se dio a sí mismo por entero. El otro, Noam Chomsky. Al cumplir 80 años en marzo de este año, un periodista le preguntó qué le daba fuerza para continuar en la lucha. “Imágenes como ésa”, respondió. Y señaló con la mano un cuadro en el que aparece el arzobispo Romero y los seis jesuitas de la UCA.

Estos seres humanos tocan las fibras más hondas de cualquier persona honrada. Son un referente vivificante. Ciertamente los seis jesuitas. Y también Julia Elba y Celina, aunque éstas siempre nos dejan sin palabra. En ellas se hace presente el mysterium iniquitatis.

1. Quiénes fueron La injusticia da muerte a gente inocente de formas distintas. Mata a personas como Monseñor Romero y Martin Luther King. Y lenta o violentamente, da muerte a grandes mayorías, a los campesinos de El Mozote en El Salvador; antaño a los esclavos de las plantaciones de algodón.Los jesuitas de la UCA, mártires jesuánicosComenzamos con los seis jesuitas. Después de Medellín, 1968, y tocados por el sufrimiento del pueblo “se convirtieron”. Aceptaron que ser jesuita es “luchar”, no sólo trabajar. “Luchar por la fe”, y más sorprendente aún, “luchar por la justicia”. Así lo exigía la realidad y así lo dijo la CG XXXII (D 2. 2). Su muerte confirmó lo que la misma congregación había previsto lúcidamente: “No trabajaremos en la promoción de la justicia sin que paguemos un precio” (D 4. 46).Los mártires de la UCA lo hicieron cada uno según sus talentos, y es bueno recordarlo para que todos nos podamos sentir cuestionados y animados. Permítanme detallarlo mínimamente. Ellacuría, 59 años, filósofo y teólogo, rector. Repensó la universidad desde y para los pueblos crucificados. Puso todo su peso para combatir la opresión y represión, y para conseguir una paz negociada. Segundo Montes, 56 años, sociólogo, fundador del Instituto de Derechos Humanos. Se concentró en el drama de los refugiados dentro del país y sobre todo de los que tenían que abandonarlo, los emigrantes, que entonces huían de la represión violenta y ahora del hambre y la falta de trabajo. Los visitaba en los campos de refugiados en Honduras. Ignacio Martín-Baró, 44 años, psicólogo social, pionero de la psicología de la liberación, fundador del Instituto de Opinión Pública de la UCA para facilitar que se conociese la verdad y dificultar que ésta quedara oprimida por la injusticia. Cada fin de semana visitaba comunidades suburbanas y campesinas con las que celebraba la eucaristía. Juan Ramón Moreno, 56 años, profesor de teología, maestro de novicios y maestro del espíritu, acompañante de comunidades religiosas. En Nicaragua participó en la campaña de alfabetización. Amando López, 53 años, profesor de teología, antiguo rector del seminario de San Salvador y de la UCA de Managua. En ambos países defendió a perseguidos por regímenes criminales, a veces escondiéndolos en su propia habitación. Por último Joaquín López y López, 71 años, el único salvadoreño de nacimiento, hombre sencillo y de talante popular. Trabajó en el colegio y fue el primer secretario de la UCA en 1965. Después fundó Fe y Alegría, institución de escuelas populares para los más pobres.Fueron muy distintos, pero todos ellos fueron seguidores de Jesús y jesuitas. Es lo que nos dejan. En ellos podemos mirarnos para saber lo que debemos ser y hacer. Digamos una palabra sobre lo que fue más suyo.Seguidores de Jesús. Reprodujeron en forma real, no intencional o devocionalmente, la vida de Jesús Su mirada se dirigió a los pobres reales, aquellos que viven y mueren sometidos a la opresión del hambre, la injusticia, el desprecio, y a la represión de torturas, desaparecimientos, asesinatos, muchas veces con gran crueldad. Y se movieron a compasión. “Hicieron milagros”, poniendo ciencia, talentos, tiempo y descanso, al servicio de la verdad y de la justicia. Y “expulsaron demonios”. Ciertamente lucharon contra los demonios de fuera, los opresores, oligarcas, gobiernos, fuerza armada, y de ellos defendieron a los pobres. No les faltaron modelos, Rutilio Grande y Monseñor Romero. Y fueron fieles hasta el final, en medio de bombas y amenazas, con misericordia consecuente. Murieron como Jesús, y han engrosado una nube de testigos, cristianos, religiosos, también agnósticos, que han dado su vida por la justicia. Estos son los “mártires jesuánicos”, referente esencial para los cristianos y para cualquiera que quiera vivir humana y decentemente en nuestro mundo. Su bautismo fue de Espíritu de sangre y siguieron a Jesús.Con el espíritu de san Ignacio. En este punto me voy a detener un poco más pues hoy se habla mucho de espiritualidad ignaciana. Creo que nos pueden ayudar a historizar a san Ignacio ciertamente en el tercer mundo y a hacerlo útil para comprender mejor a Jesús.El otro Ignacio, Ellacuría, hizo una relectura de los Ejercicios desde la realidad del tercer mundo. Tres puntos me parecen fundamentales, y pueden fungir como presupuestos ignacianos de la opción por los pobres y la lucha por la justicia. 1) Mirar la realidad de nuestro mundo y captarla como “pueblos que están crucificados”. Ante ellos la reacción fundamental -sin necesidad de discernimiento- es “hacer redención”. 2) Ser honrados con nosotros mismos, jesuitas, y preguntarnos “qué hemos hecho para que esos pueblos estén crucificados y qué vamos a hacer para bajarlos de la cruz”. 3) Tomar en serio -quizás lo más difícil y menos frecuente- que hay dos modos de caminar en la vida, de ser jesuitas, construir la sociedad y la universidad. Son caminos opuestos y están en pugna. Uno es el camino de la pobreza, que lleva a oprobios y menosprecios; hoy diríamos humillaciones, difamaciones, amenazas; y de ahí a la humildad, a la hondura de lo humano, a la verdadera vida. El otro es el camino de la riqueza, que lleva a los honores mundanos y vanos; hoy diríamos al prestigio entre los grandes de este mundo; y de ahí a la arrogancia, a una vida falseada, personal e institucional. En resumen, uno conduce a la salvación -humanización- y el otro a la perdición -deshumanización. Se trata de ganar o perder la vida, como dice Jesús. Y de estar dispuestos a pagar el precio.En términos de estructuras, Ellacuría insistía en que hay que elegir entre una civilización de la pobreza -afín a una civilización del trabajo- y una civilización de la riqueza -afín a una civilización del capital. Ésta, que predomina en el mundo, ha generado una civilización gravemente enferma. Aquélla, la que hay que construir, puede revertir la historia y sanar la civilización.Estos tres puntos: pueblo crucificado, necesidad de liberación, camino de la pobreza -más la honradez con nosotros mismos- son, en mi opinión, lo que más resplandece en la ignacianidad de los mártires de la UCA y lo que mejor explica por qué que acabaron como acabaron. En la tradición de san Ignacio ciertamente hay otras muchas cosas importantes a tener en cuenta: el “magis”, “a mayor gloria de Dios”, “en todo amar y servir”, “el bien cuanto más universal más divino” -todo lo que se menciona con frecuencia en la explosión ambiental de ignacianidad que hoy existe. Los tres puntos que hemos mencionado en mÍ son más fácilmente comprensibles, también por los no iniciados en ignacianidad, y ciertamente por los pobres. Y en mi opinión tienen menos peligro de perderse en el ámbito de lo conceptual e intencional. Expresan realidades claramente históricas y verificables.En este contexto me parece oportuno recordar un hecho singular: los mártires de la UCA nunca discernieron si era voluntad de Dios permanecer en el país, con riesgos, amenazas y persecuciones, o salir. Ni se les ocurrió. Para ver cuánto de explícitamente ignaciano había en ese proceder pienso que hay que ir al primer tiempo de hacer elección: “sin dubitar ni poder dubitar” (Ejercicios n. 175). Hay que preguntarse “que movía y atraía la voluntad”. Si era “Dios nuestro Señor” comunicándose al alma, como en la formulación de san Ignacio, o si eran realidades históricas: “el sufrimiento del pueblo”, que no dejaba vivir en paz; “la vergüenza que daba abandonar al pueblo”; “la fuerza cohesionante de la comunidad”; “el recuerdo enriquecedor de Monseñor Romero, de nueve sacerdotes y cuatro religiosas asesinadas”; incluso el “haberse acostumbrado a la persecución”. Pienso que todo ello movía la voluntad e iluminaba las decisiones y el camino a seguir. En el lenguaje de los ejercicios, en ello y a través de ello Dios estaba realmente causando el sin dubitar ni poder dubitar. Pero Dios no actuaba a través de cualquier cosa, sino de las que hemos mencionado.El Espíritu de Dios mueve a caminar, pero su fuerza pasaba a través del pueblo sufriente. Así ha parafraseado Pedro Casaldáliga el conocido poema de Antonio Machado:Camino que uno es, Para que los atascados Haz del canto de tu pueblo
Que uno hace al andar. Se puedan reanimar. El ritmo de tu marchar.Así, pienso yo, discernieron los jesuitas de la UCA. Se dejaron atraer y llevar por la realidad. Es la sinergia de Dios y del pueblo sufriente. Y no se me ocurre otra manera de explicar por qué se quedaron.Quisiera terminar esta reflexión sobre su ser jesuitas recordando que “murieron en comunidad”. Pudo no haber sido así, y pudiera haber sido asesinado sólo Ellacuría, el enemigo principal. Pero hay una verdad importante -providencial si se quiere-, en que su muerte fuese “en comunidad”. Así había sido su vida y trabajo, con alegrías y tensiones, con virtudes y pecados, pero siguiendo una sola línea bien trazada. Y así expresaron que la Compañía está hecha de “todos”. Es “cuerpo”, no suma de individuos, algunos de ellos geniales, otros normales.Esta comunidad de “seis jesuitas” se integró en una comunidad mayor, el cuerpo de la Compañía universal. 49 son los jesuitas que han muerto en el tercer mundo, asesinados de una u otra forma, después de la CG XXXII. Entre ellos se cuentan tres estadounidenses. Francis Louis Martiseck, 66 años, nacido en Export, Pennsylvania, muerto por arma de fuego en Mokame, India, 1979; Raymond Adams, 54 años, nacido en New York, muerto por arma de fuego en Cape Coast, Ghana, 1989; Thomas Gafney, 65 años, nacido en Cleveland Ohio, asesinado en Katmandú, Nepal, 1997.No es infrecuente recordar “las glorias de la Compañía”, las reducciones del Paraguay, Mateo Ricci en China… Hoy, estos mártires, unos más famosos, otros menos, son la gloria de la Compañía. Y sobre todo son ellos los que mantienen a la Compañía con vida. Una semana después del asesinato del Padre Rutilio Grande el Padre Arrupe escribió:“Éstos son los jesuitas que necesita hoy el mundo y la Iglesia. Hombres impulsados por el amor de Cristo, que sirvan a sus hermanos sin distinción de raza o de clase. Hombres que sepan identificarse con los que sufren, vivir con ellos hasta dar la vida en su ayuda. Hombres valientes que sepan defender los derechos humanos, hasta el sacrificio de la vida, si fuera necesario” (19 de marzo, 1977).Julia Elba y Celina: el pueblo crucificadoCon los jesuitas murieron asesinadas dos mujeres: Julia Elba Ramos, 42 años, cocinera de una comunidad de jóvenes jesuitas, pobre, alegre e intuitiva, y trabajadora toda su vida. Y su hija Celina, 15 años, activa, estudiante y catequista; con su novio habían pensado comprometerse en diciembre de 1989. Se quedaron a dormir en la residencia de los jesuitas, pues allí se sentían más seguras. Pero la orden fue “no dejar testigos”. En las fotos se nota el intento de Julia Elba de defender a su hija con su propio cuerpo. Sobre Julia Elba hace unos días escuché este testimonio de una mujer que la conoció bien:”Le digo que era muy humana porque sentía el dolor de los demás. Yo viví un tiempo en la casa de ella. Era una persona bien amistosa, sabía llevarse con los demás. Ella tenía 33 años y yo 19. Ella y yo teníamos muchas cosas en común; comenzamos a trabajar desde muy chiquitas. Ella había trabajado desde los 10 años en los cafetales […] Era una mujer muy fuerte. Siempre me enseñó a que no me dejara, que no me acobardara ante los problemas. Fue una mujer sufrida pero fuerte. Me enseñó a ser una mujer de valía, que no dependiera de los otros si no de mi misma”.Como Julia Elba hay centenares de millones de hombres y mujeres en nuestro mundo. Son inmensas mayorías que perpetúan una historia de siglos: en la América conquistada y depredada por los españoles en el siglo XVI; en el África esclavizada ya en el siglo XVI y expoliada sistemáticamente por los europeos en el siglo XIX; en el planeta que sufre hoy la globalización opresora bajo la égida de Estados Unidos. Mueren la muerte rápida de la violencia y de la represión, y sobre todo la muerte lenta de la pobreza y de la opresión. Sin comparación posible sufren más que nadie las consecuencias de nuestros desmanes. En guerras e invasiones: Afganistán, Irak, Palestina; en el manejo de la medicina y farmacia: malaria, sida; en pésima ecología: inundaciones, desertificación, pérdidas en la agricultura; en las catástrofes naturales: la inmensa mayoría de quienes mueren en los terremotos no pueden construir casas con acero suficiente, viven en la laderas de los montes y en las riberas de los ríos, o junto a las vías del tren…“Hay más riqueza en la Tierra, pero hay más injusticia. África ha sido llamada “el calabozo del mundo”, una “Shoá” continental. 2.500 millones de personas sobreviven en la Tierra con menos de 2 dólares al día y 25.000 personas mueren diariamente de hambre, según la FAO. La desertificación amenaza la vida de 1.200 millones de personas en un centenar de países. A los emigrantes les es negada la fraternidad, el suelo bajo los pies”.Estas palabras de Pedro Casaldáliga son del año 2006. Ni el G-7, ni el G-8, ni ahora el G-20, han hecho nada significativo para revertir esta historia. Recordar hoy los ideales del milenio es burla y ofensa a los pobres. En un año el número de hambrientos ha aumentado en cien millones, y cada cinco segundos un niño muere de hambre, asesinado, puntualiza Jean Ziegler, pues es muy posible eliminar el hambre.Son “el siervo doliente de Yahvé” en nuestros días; “el pueblo crucificado”, lenguaje que no es usado, y que políticamente es “totalmente incorrecto”. Sus hombres y mujeres mueren inocentemente, pues no han cometido el “pecado” de Monseñor Romero o Ignacio Ellacuría, simplemente estaban allí. Mueren cruelmente, con gran frecuencia después de una vida de grandes sufrimientos. Viven y mueren anónimamente. Son desconocidos los cinco millones de hombres y mujeres que han muerto en el Congo, en una guerra fabricada para que el coltan termine en el mundo de abundancia en las megaempresas de misiles, telefonía y computación. Y mueren indefensamente. En serio, ¿quién defiende a esos pueblos? ¿Quién arriesga algo importante para bajarlos de la cruz?Los mártires jesuánicos -algunos- son conocidos y venerados, pero no el pueblo crucificado. Peor aún, si, aun sin pretenderlo, aquéllos ocultan a éstos. Ellacuría no vivió ni murió para que el brillo de su figura opaque el rostro de Julia Elba.Puede parecer absurdo, pero me he preguntado quién es más mártir, Ellacuría o Julia Elba, quién reproduce más la cruz de Jesús. Los mártires jesuánicos expresan mejor la decisión y la libertad para arriesgar la vida, pero expresan menos la negrura de la injusticia cotidiana, la dificultad simplemente de vivir. La muerte de las mayorías asesinadas, por su parte, expresa menos el carácter activo de lucha, pero expresa más la inocencia histórica, pues nada han hecho para merecer la muerte, y la indefensión, pues ni posibilidad física han tenido de evitarla. Esas mayorías son las que más cargan con un pecado que las ha ido aniquilando poco a poco en vida y definidamente en muerte. Son las que mejor expresan el ingente sufrimiento del mundo. Sin pretenderlo y sin saberlo, “completan en su carne lo que falta a la pasión de Cristo”. No “añaden”, como puntualizan los exegetas, pero sí “reproducen”.Los jesuitas de la UCA no fueron asesinados por fidelidad kantiana a ideales universales de verdad y justicia, sino por defender a estos pueblos crucificados. Sin recordar a los millones de crucificados no se les entiende. Sería como pretender entender la cruz de Jesús sin recordar a los pobres desgraciados a los que ayudó Jesús en su postración y a quienes defendió de fariseos, escribas, herodianos y sumos sacerdotes.Una última reflexión creyente. De los mártires de la UCA, unos fueron más parecidos a Monseñor Romero, los jesuitas. Otros fueron más parecidos al pueblo crucificado, las dos mujeres. Mirándolos a todos ellos y ellas en su conjunto, podemos decir que con ellos y ellas Jesús y su Dios pasaron por este mundo cargando con la cruz. Pero también hay que decir que, contra toda apariencia, en ellos y ellas pasó el Dios de la salvación. Así lo escribió el P. Ellacuría con rigor científico. Por mi parte he escrito: “fuera de los pobres -y de las víctimas- no hay salvación”.

Para terminar este punto, permítanme dos breves reflexiones. La primera es que entre los victimarios, asesinos directos o constructores y gestores de estructuras opresoras, hay cristianos bautizados, a veces educados por instituciones cristianas. La segunda es que al parecer en los procesos de canonización, no saben qué hacer con los mártires jesuánicos, los mártires por la justicia. Y ciertamente en esos procesos no hay lugar para las mayorías de hombres y mujeres de los pueblos crucificados. Ojalá se repiensen estos procesos. Y, canonizados o no, ojalá la Iglesia se desviva por dar dignidad a las mayorías que han cargado con la cruz en vida y en muerte. Son los preferidos de Dios.

2. Qué piden y qué dan los mártires de la UCAPara ellos no piden nada. Nuestra conciencia es la que nos apremia: “algo hay que hacer”. Es importante no olvidarnos de ellos, guardarles cariño y agradecimiento. También es importante trabajar y exigir que se esclarezca la verdad de los asesinatos y se juzgue a sus responsables, pues no hay modo de arreglar este mundo si la mentira, el encubrimiento y la impunidad siguen intactos. Pero no basta. Debemos dejarnos interpelar y preguntarnos qué nos piden los mártires.En mi opinión nos piden, en virtud de ser lo que han sido, “proseguir su ser y hacer”. Y comenzar como ellos, sin temor a plantear la vida, la vocación y el trabajo en términos de con-versión, correlativa a la tarea de re-vertir la historia. Ejemplo insigne de “conversión”, de “vuelco” en el modo de ser y hacer -ya que no le gustaba que se hablara de él en término de conversión, fue Monseñor Romero. De la conversión de los mártires de la UCA -en unos lejanos ejercicios de 1969- surgieron modos fundamentales de ser y de actuar: la honradez con lo real, la misericordia consecuente sin medir costos, el trabajo por una civilización de la pobreza. Y sorprendentemente, también dejarnos salvar por los pobres.Vamos a ejemplificarlo concentrándonos en lo que para ellos fue y exigió la universidad, aunque análogamente creo que pudiera decirse del trabajo pastoral, asistencial, de derechos humanos… Y fue una exigencia seria, pues no suele ocurrir que se asesine a jesuitas que trabajan en una universidad.
El 12 de junio de 1982 esta universidad otorgó al P. Ignacio Ellacuría un doctorado honoris causa, y al recibirlo pronunció un importante discurso. Releído hoy, aun teniendo en cuenta las diferencias de tiempo y lugar, sigue ofreciendo luz, dirección e impulso para construir una universidad jesuita de inspiración cristiana. Habrá que adaptar sus palabras creativamente, pero sería temeridad ignorarlas. Veamos brevemente algunos de sus elementos más novedosos, cuestionantes y fructíferos, citando algunas de sus palabras.A quién se debe la universidad. Toda universidad tiene que ver “con el saber y con un determinado ejercicio de la realidad intelectual”, y en ello las universidades jesuitas no se distinguen de otras. También lo pensaba Ellacuría y exigía que el saber fuese lo más riguroso posible y que la investigación y la docencia fuesen de calidad. Esto lo damos por sentado y no vamos a insistir en ello. Pero insistía también en algo que no es tan evidente ni comúnmente aceptado. “La universidad es una realidad social y una fuerza social, marcada históricamente por lo que es la sociedad en la que vive y destinada a iluminar y transformar, como fuerza social que es, esa realidad en la que vive, de la que vive y para la que debe vivir”.Esto lleva, entre otras, a una pregunta crucial: a quién se debe y ante quién es responsable la universidad. Condición de su existencia son una variedad de realidades y agentes sociales: los jesuitas y su tradición universitaria, la institución eclesial que, según los casos, dará su aprobación, la comunidad académica e intelectual en el pasado y en el presente, los que la hacen factible económica y financieramente -a veces políticamente-, el estudiantado… A todo esto hay que atender, pero la universidad no se debe últimamente a nada de ello. Y para responder no bastan respuestas universales o que se piensan ser conocidas de antemano.En el caso de todo el tercer mundo, mayoría en la humanidad, distinto y antagónico a las minorías del planeta, a pesar del ideal de equidistancia que sugiere el término “globalización”, la realidad a la que se debe la universidad y a la que tiene que servir es un mundo de pobreza e ignominia, en muy buena parte un mundo de opresión y represión -y a esa conclusión se llega sin dubitar ni poder dubitar. Los medios e instrumentos de servir deben ser estrictamente universitarios, pero lo central del servicio sale de la universidad: liberar de todo tipo de opresión. En definitiva “bajar de la cruz a esos pueblos crucificados”. Sin dar prioridad a ese servicio, una universidad puede ser un centro de saber, junto a otros, más o menos competente y competitivo, pero no es una universidad de inspiración cristiana. Y no hay que darlo por supuesto pues la tentación de lo contrario siempre está al acecho.En términos cristianos es la opción de la universidad por los pobres y las víctimas. La tarea de la universidad es lograr que “los pobres”, los que no dan la vida por supuesto, tengan vida; y que “las víctimas”, los que tienen a los poderes de este mundo en contra, estén defendidos de cualquier poder opresor. Eso lo debe hacer la universidad como un todo, haciendo el mejor uso de la razón en su docencia, investigación, proyección y comportamiento social -y sin confundirlo con la asistencia a estudiantes desfavorecidos, por benemérito que esto sea, por otros capítulos.“Ciencia de los que no tienen voz”. Decía Ellacuría: “la universidad debe encarnarse entre los pobres intelectualmente”, lo cual en la realidad, e incluso en el concepto, es de difícil comprensión. Pero se hace más comprensible al mencionar la finalidad de tal encarnación: “ser ciencia de los que no tienen voz, el respaldo intelectual de los que en su realidad misma tienen la verdad y la razón, aunque sea a veces a modo de despojo, pero que no cuentan con las razones académicas que justifiquen y legitimen su verdad y su razón”.Entre nosotros en El Salvador esas palabras recuerdan a las de Monseñor Romero: “Estas homilías quieren ser la voz de los sin voz” (Homilía del 29 de julio, 1979). Y la razón era para defenderlos de los que tienen demasiado voz. Es notable que al buscar un punto de contacto entre razón universitaria y palabra eclesial, Ellacuría no incursionarse en la temática de teoría y praxis, de falibilidad o infalibilidad, duda o certeza, sino en el ámbito de la defensa de oprimidos y víctimas. Aquí la analogía entre palabra pastoral y palabra universitaria se convierte en univocidad.Monseñor Romero prosiguió: “Por eso, sin duda, [estas palabras] caen mal a aquéllos que tienen demasiado voz”, y la Iglesia de Monseñor Romero fue duramente perseguida. Lo mismo ocurre con la razón universitaria propuesta por Ellacuría. En su discurso recordó las amenazas, ataques y persecución a la UCA en aquellos años. Lo importante, sin embargo, es su reflexión programática, válida hasta el día de hoy: “en un mundo donde reina la falsedad, la injusticia, la represión, una universidad que luche por la verdad, por la justicia y por la libertad no puede menos de verse perseguida”. Por esa razón es importante preguntarse cuánto de persecución sufre o no sufre una universidad cristiana; de parte de quien la sufre y de parte de quién recibe halagos. Y cómo se comporta ante una cosa u otra.Cuando la razón y la palabra, universitaria o pastoral, no es light y amorfa, sino que tiene peso y aristas, es más cortante que espada de dos filos. Y entonces el mundo que se presenta como tolerante, defensor de la libertad de pensamiento y de expresión, busca defenderse de una razón compasiva y de la palabra de un Dios de los pobres. Hace cuarenta años, hasta la CIA buscó defenderse de Medellín y de la teología de la liberación, pues les daba miedo –“ponen en peligro nuestros intereses”, se decía en el informe Rockefeller. En América Latina gobiernos y fuerzas armadas asesinaron a docenas de sacerdotes, entre ellos cuatro obispos. Ese mismo miedo pueden generar las universidades a los poderosos.Universidad “en pobreza y “sin poder”. Es lo que lo que Jesús pide a los discípulos cuando los envía a realizara la misión, es decir, a realizar una tarea. “No tomen nada para el camino”. “No sean como los señores de este mundo que oprimen con su poder”. Esto hay que historizarlo adecuada y realistamente, pero no se de ignorar eficazmente como si no tocase en nada la labor de una universidad.En la meditación de las dos banderas san Ignacio es muy claro en que pobreza y sin poder son caminos de perfección, pero también caminos de vida, humanización. E insiste en que ambas cosas están en oposición dialéctica a la riqueza y el poder. Éste es el san Ignacio de Manresa. Después, como general de la Compañía, tuvo que historizarlo -y no fue fácil. El apostolado exigía recursos y los jesuitas entraron, como por necesidad, en relación con bienhechores. Esto les acercó al mundo de la riqueza, de los honores y del poder: reyes, damas de la nobleza, cardenales… A san Ignacio le ocupó seriamente el problema, y buscó soluciones. Un ejemplo conocido es la recomendación a Laínez y Salmerón cuando fueron como teólogos al Concilio de Trento, mundo de poder, ciertamente eclesiástico e indirectamente también civil. Y les ordenó vivir y pasar las noches en hospitales de pobres. Era una forma de vivir las dos banderas en una situación objetiva de riqueza y de poder.Hoy, por lo que toca a servir en pobreza, se debiera alcanzar el nivel de austeridad, rechazar lujos en edificios y templos, y huir de solemnidades mundanas y vanas, aunque sea lo aceptado e incluso esperado socialmente. Y ciertamente, evitar -en comparación con pobres y clases medias bajas- desigualdades lacerantes en el modo de comportarse.Por lo que toca al sin poder, no se debe ceder el poder que proviene del “saber”, pues de esa forma el saber queda en manos de quienes normalmente lo usan para ocultar la verdad y oprimir. Pero hay que evitar la arrogancia y el sometimiento de otros que genera el poder. Y el gusto, que más o menos conscientemente produce el acercamiento a los poderes reales, civiles o eclesiásticos.Por lo que toca a la arrogancia, no hay mejor remedio que dejar que los pobres sean nuestra buena noticia, sobre todo cuando, sin decirlo, nos perdonan. Y asumido con humildad, mucho ayuda la persecución y el martirio.Y una última reflexión, en forma de aclaración, sobre la “excelencia académica”. Forma parte de la tradición de la educación de la Compañía, pero cualquier maestro de la sospecha se preguntará si hoy no se está encubriendo algo al insistir en ella, y en qué consiste. Para mí el problema está en adecuar, sin discusión, excelencia académica y excelencia universitaria -y de querer acercarse a otras afamadas instituciones universitarias. Aquélla es necesaria para que exista ésta, pero no es lo mismo. Y peor aún si la insistencia en la excelencia académica llevara a que disminuya la excelencia universitaria. Ya hemos dado nuestra opinión sobre cómo se mide la excelencia de una universidad: configure a una sociedad en la línea de la verdad, la justicia, la liberación y la humanización. Para ello la academia es necesaria y sumamente importante, pero no es la finalidad última. En una universidad es instrumento esencial pero no el fin esencial.De hecho, así ha sido en las universidades de los jesuitas. Los saberes han sido instrumentos importantes para defender la fe, para que la Iglesia tenga reconocimiento y prestigio, para elevar el nivel de conocimiento de determinados grupos sociales… Y para ello se ha necesitado excelencia académica. Pero lo que hemos propuesto va más allá. Bajar de la cruz al pueblo crucificado significa que sea posible la vida, la dignidad, la fraternidad en el mundo de pobres y oprimidos. Y además desde esta perspectiva se puede volver a retomar la excelencia académica, ahora como un elemento de la excelencia universitaria, de manera que se transforme en excelencia académica “integral”.La razón está en que en nuestro mundo reina la falsedad, no sólo la ignorancia. Buscar la verdad no es entonces sólo hacer avanzar el saber, sino desenmascarar la mentira establecida. Predomina además la ideología, que tiene una dimensión estructural-institucional, y que quiere defender con el saber intereses muy frecuentemente injustos. La excelencia del conocimiento, en cuanto conocimiento, exige entonces conversión de la inteligencia para superar falsedad e ideología. Y eso se logra, pienso yo, cuando nos dejamos afectar, también intelectualmente, por la realidad crucificada. Y no sólo para sanar la realidad, sino para sanar nuestro conocimiento, y expandir sus horizontes. Esto cuestiona la manera ordinaria -ingenua en el mejor de los casos- de entender la excelencia académica y le ofrece una nueva dirección. El servicio universitario a la liberación de un mundo oprimido lejos de minarla la robustece.

Y no hay que olvidar que a la excelencia académica convencional ya empuja el establishment, que busca generar ideologías a su favor y graduados altamente competentes para mantener el status quo. Mucho más difícil es encontrar fuerzas y dinamismos sociales que muevan a transformar la realidad y sean asumidos por una universidad. Estos dinamismos vienen de los pobres, las víctimas, los mártires.

3. La gracia de los mártiresHemos recordado a mártires. Su vida y su muerte son de gran dureza, y por eso mis palabras pueden sonar fuertes. Pero también es verdad que a ellos se dirigen las bienaventuranzas de Jesús. Y que para nosotros son -pueden ser- una bendición: nos animan a entregarnos a los demás y a tener esperanza, ánimo que no se encuentra, con esa fuerza, en ninguna otra parte, ni en la liturgia ni en la actividad de la academia.En navidad decimos que en Jesús de Nazaret “ha aparecido la benignidad de Dios”. En semana santa escuchamos en boca de Pilato que ese Jesús es “el hombre verdadero”, “el que cargó con la realidad por amor a los pequeños”. De ahí el “ecce homo”. Ambas cosas, la aparición de Dios y de lo humano en un mundo en oscuridad es una buena noticia.Eso es lo que celebramos en este acto universitario. Los seis jesuitas de la UCA nos llevan en su fe, de la que podemos tener alguna noticia, aunque sea caminando en silencio y de puntillas. Julia Elba y Celina nos llevan en la suya, pero de manera distinta. Yo al menos, no puedo entrar hasta el fondo en su misterio. Pero Dios sí les conoce y ellos -Dios sabe cómo- nos llevan a Dios.Y contra toda ciencia y prudencia, los mártires generan esperanza. Miles de campesinos pobres, con familiares muertos, se juntan la víspera del 16 de noviembre en la UCA para celebrar unos con otros, rezar y cantar. Jürgen Moltmann lo ha teorizado muy bien: “no toda vida es ocasión de esperanza, pero sí lo es la vida de Jesús, quien, por amor, tomó sobre sí la cruz”.
Termino. Quiero agradecer muy sinceramente a la Universidad de Santa Clara por la oportunidad que me ha dado de dirigirles estas palabras. Me han permitido hacer presente de algún modo el sufrimiento y la esperanza de un pueblo admirable y la memoria de mis hermanos y hermanas de la UCA. También quiero agradecerles el honor personal que me hacen. Me remite al cariño que me mostraron hace veinte años. Y lo interpreto como símbolo de solidaridad de esta Universidad con la UCA y con todo el pueblo salvadoreño. Mis palabras finales son las que escribí aquí hace veinte años. “Descansen en paz Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno, Joaquín López y López, compañeros de Jesús. Descansen en paz Julia Elba y Celina. hijas muy queridas de Dios. Que su paz nos transmita a los vivos la esperanza, y que su recuerdo no nos deje descansar en paz”.

Jon Sobrino
5 de noviembre, 2009.[Discurso pronunciado en la Universidad de Santa Clara, California el 5 de noviembre].
* Teólogo

Editor: Enrique A. Orellana F.

 

Sulla strage dei gesuiti alla UCA, intervento fuori dal coro del gesuita padre Felice Scalia S.J.

A 30 ANNI DA UN MASSACRO ANNUNCIATO

Ricordare in giorni come questi i miei confratelli salvadoregni massacrati il 16 novembre del 1989 per mano di sicari governativi in El Salvador, significa rivivere i tormentati anni del dopo-Concilio, la restaurazione imposta dal Vaticano, la possibilità sprecata di una conversione della Chiesa tutta al Vangelo dei poveri, il sangue di innumerevoli vittime del terrorismo di Stato in America Latina e nella stessa Italia.

Quella notte furono uccisi con bestiale ferocia i sei gesuiti presenti nella Università del Centro America (UCA) di San Salvador, la cuoca della comunità e la giovane figlia che per sfuggire al coprifuoco aveva raggiunto la madre. I loro volti sono stati cancellati da un processo-farsa che praticamente ha assolto tutti i criminali (mandanti ed esecutori), ma rimangono vivi nella memoria del popolo e della Compagnia di Gesù. Ecco i testimoni-martiri: Ignacio Ellacuría (rettore dell’Università), Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Amando López, Joaquin López y López e Juan Ramón Moreno, Julia Elba Ramos e Celina Maricet Ramos.

Posso dire di essere tra i non molti testimoni di quegli ultimi decenni del secolo scorso, che a tratti apparivano carichi di speranza, aperti a possibilità inimmaginabili di riscatto evangelico per gli oppressi di ogni Continente, e nello stesso tempo drammaticamente avversati dai potenti del tempo e perfino da chi pur doveva difendere la nascita di una nostalgia del Cristo nel cuore degli esclusi. Abbiamo perso il conto delle vittime cruente di quegli anni. Nemico da sterminare era lo stesso popolo: laici, chierici, intellettuali, contadini che non si rassegnavano alla ingiustizia legalizzata.

Il massacro dell’UCA viene da lontano e forse oggi, mentre proprio una certa chiesa restia al Vangelo ed arroccata alla sua mania di grandezza, riprende vigore e sfacciataggine per liberarsi del vituperato e rimosso Vaticano II, oggi siamo chiamati a raccontare una storia tragica e complessa.

Tutto comincia con gli inizi degli anni ’60, da quel Concilio proclamato da Giovanni XXIII ed a cui lavorarono Pastori di tutto il mondo assieme a teologi di grande levatura e fede. Riappare in quel Concilio Ecumenico una chiesa “mistero-di-salvezza” che ripristina la centralità del “Lieto Messaggio”, la natura sinodale della chiesa “popolo-di-Dio”, la sua chiamata ad amare un mondo amato dal Padre, il ruolo dei “poveri” come destinatari di liberazione integrale.

La Compagnia di Gesù, tra mille difficoltà, in un clima di appassionata ricerca che oscillava tra una minoranza restia al cambiamento ed una maggioranza decisa ad essere fedele alla svolta  conciliare, pochi anni dopo l’evento ecumenico, tenta vie concrete per una sua “conversione”. Riunita nella celebre Congregazione Generale XXXII (1974-1975) sotto il Preposito Generale Pedro Arrupe, osa il nuovo pur sapendo che una  “scelta dei poveri”, una fedeltà al Vangelo, un farsi compagna del Cristo oltraggiato nella grande maggioranza della popolazione mondiale, avrebbe creato “martiri” e innumerevoli incomprensioni, anche all’interno della stessa chiesa.

Si disse addio ad una Compagnia di Gesù restaurata nel 1814 dopo una soppressione di 41 anni, su ispirazione del Congresso di Vienna, come paladina “del trono e dell’altare”. Si optò per un Ordine Religioso che fa proprio il destino del Cristo, redentore sofferente, assassinato, risorto, speranza degli ultimi della terra.

Nel nuovo clima ebbe la priorità tra i gesuiti, il dare voce a chi non aveva voce, la salvaguardia dei diritti degli ultimi alla loro dignità, la centralità del messaggio salvifico per ogni figlio di Dio. Il tutto in piena consonanza coi vescovi dell’America Latina riuniti a Medellin e Puebla.

Sono noti a tutti gli equivoci che creò questa scelta agli occhi di un Giovanni Paolo II ossessionato dalla sua esperienza del regime comunista polacco e, per conseguenza, la sua inclinazione a vedere nell’anelito alla libertà reclamata dai poveri del tempo, solo la strada maestra per l’ingresso ufficiale dell’ateismo nel mondo cattolico. Su noi gesuiti fu attaccato il cliché del prete mezzo-ateo, guerrigliero, ambiguo, fanatico cultore della Teologia della Liberazione. Solo alla fine della sua vita il papa polacco (senza mettere in discussione la sua santità personale) divenne vero Papa cattolico, universale. Ma intanto il sangue scorreva in America Latina, il desiderio di riscatto dei poveri veniva frustrato, i profeti venivano uccisi. Oscar Arnulfo Romero è una vittima illustre, ma con lui tanti veri cristiani, tanti miei confratelli e tanta povera gente fu assassinata da dittatori e da inconfessabili ”ragioni di Stato”.

Non credo si possa tacere oggi che solo in questo quadro si può comprendere il cinismo e la crudeltà con cui furono sterminati i gesuiti dell’UCA, e insieme il pratico commissariamento della Compagnia di Gesù voluto dal Papa e durato 27 anni (1981-2008).

Non voglio vedere come un puro scherzo della storia che dei fatti di 30 anni fa esista ancora un testimone credibile, Padre Jon Sobrino (unico scampato alla mattanza salvadoregna perché fuori sede quella notte), ottantenne, puntuale e documentato narratore dell’eccidio, scomodo religioso che con la sua stessa presenza mette in crisi tanta politica vaticana del tempo attuale e tanta infedeltà alla chiesa di tutti, chiesa dei poveri voluta dal Cristo.

La persecuzione però non è finita. Oggi ha un nuovo bersaglio: il Papa gesuita contro cui si accanisce non solo il mondo dei poteri forti globalizzati, ma anche quello  clericale di quanti hanno confuso l’onere pastorale di una evangelizzazione davvero nuova, con la costruzione della propria grandezza mondana. Che strano destino ha quest’uomo “venuto dalla fine del mondo”! Odiano lui, se ne vogliono sbarazzare, lo vogliono almeno “commissariare”, ma in realtà il loro obiettivo è più alto: annullare il Vaticano II, mettere in soffitta il Vangelo, fare di Gesù di Nazareth non il Salvatore e la speranza di un mondo in tempesta, ma lo scomodo “sobillatore del popolo”. Forse neppure lui, Papa Francesco, pensava di essere “compagno di Gesù” fino a questo punto, ma se va avanti turbato ed imperterrito, sorridente e benevolo, lo deve forse alla certezza che, avendo assunto “vesti e divise del suo Signore”, è partecipe con  lui nella crocifissione oggi, e nello splendore della Verità domani, alla venuta del Figlio dell’uomo. Voglio dire che se il sangue dei martiri dell’UCA è stato seme di un povero cristiano come Josè Bergoglio, forse siamo di fronte ad una silenziosa profezia: i piani di Dio non vengono annullati neppure dai volenterosi che continuano a fare tacere profeti e testimoni.

 

LA TESTIMONIANZA DEI GESUITI

ASSASSINATI A SAN SALVADOR

Il 30o anniversario della strage

Martin Maier S.I.

 © La Civiltà Cattolica 2019 IV 277-287 | 4065 (2/16 novembre 2019)

 

Alcuni crimini assumono una dimensione storica, e per molti

versi ciò è vero per l’assassinio di sei gesuiti e due donne avvenuto il

16 novembre 1989 a San Salvador. Alcuni giorni prima era caduto

il muro di Berlino: l’inizio della fine della Guerra fredda. Ma in El

Salvador la guerra civile, che era scoppiata nel 1980, si era fatta ancora

più intensa. Era tra l’altro una Ersatzkrieg («guerra per procura»)

ossia una guerra che rientrava nel conflitto più generale tra Est e

Ovest. Dall’11 novembre di quell’anno, la guerrilla di sinistra aveva

dato l’avvio a un’offensiva militare su tutto il territorio e occupava

un terzo della capitale San Salvador. L’esercito si sentiva con le spalle

al muro e bombardava spietatamente interi quartieri della città.

La sera del 15 novembre si era riunito l’intero comando dell’esercito

e aveva deciso di procedere contro quelle che si ritenevano

le «menti» dei rivoltosi1. Un commando speciale venne mandato

all’Universitad Centroamericana (Uca) «José Simeón Cañas», retta dai

gesuiti. I soldati trascinarono i padri fuori dalla loro abitazione, li

costrinsero a distendersi con la faccia sull’erba e li uccisero sparando

a distanza ravvicinata. Insieme a Ignacio Ellacuría, rettore dell’Università,

furono uccisi Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró,

Amando López, Juan Ramón Moreno e Joaquín López y López.

Vennero uccise anche le cuoche Elba Ramos e sua figlia Celina,

perché i soldati avevano ricevuto l’ordine di non lasciare testimoni

del massacro.

 

  1. Per una documentazione più dettagliata del crimine, cfr M. Doggett,

Death Foretold. The Jesuit Murders in El Salvador, Washington, Georgetown

La massa cerebrale fuoriuscita dai crani di quei professori universitari

era diventata un simbolo macabro: l’intenzione era quella

di uccidere le menti. Così, ancora una volta, gli esecutori e i loro

mandanti credevano, eliminando le persone, di eliminarne anche le

idee a loro sgradite.

Ma per quale motivo vennero uccisi quei sei gesuiti e quelle due

donne? La risposta più immediata a questo interrogativo la si può

leggere sulla lapide collocata all’interno della cappella dell’Università.

Vi è indicato il compito più importante dei gesuiti nel mondo

contemporaneo, secondo la definizione data nel 1975 dalla XXXII

Congregazione Generale: «Che cosa vuol dire essere compagno di

Gesù, oggi? Vuol dire impegnarsi, sotto il vessillo della croce, nella

battaglia cruciale del nostro tempo: la battaglia per la fede, e la lotta,

che essa include, per la giustizia»2.

Con questa scelta di fondo, i gesuiti volevano dare una risposta

all’ingiustizia presente in tutto il mondo, ritenuta la sfida attuale più

urgente. Tuttavia, l’assemblea dell’Ordine aveva affermato profeticamente:

«Non opereremo a favore della giustizia senza pagarne il

prezzo». Anche questa frase è stata scolpita sulla lapide.

Il «caso dei gesuiti»

Il caso dell’omicidio dei gesuiti divenne una questione politica

di primo piano. Dapprima, l’esercito e il governo tentarono di

addossare la responsabilità del crimine alla guerrilla. Ma presto il

castello di bugie crollò. Per la prima volta l’esercito si trovò sulla

difensiva. Particolarmente scandaloso fu il fatto che anche l’ambasciata

statunitense risultò coinvolta nel tentativo di mettere a tacere

la cosa, e che addirittura un consigliere militare americano era stato

già a conoscenza del crimine progettato, ma non aveva fatto nulla

per evitarlo. Un ufficiale salvadoregno riconobbe una volta che negli

anni della guerra contro la guerrilla non c’era stato nulla di più

dannoso di questo omicidio da lui stesso ordinato. Non da ultimo,

nell’opinione pubblica americana l’indignazione morale per questo

 

  1. Decreti della Congregazione Generale XXXII della Compagnia di Gesù

(1974-1975), Roma, 1977, 54.

 

LA TESTIMONIANZA DEI GESUITI ASSASSINATI A SAN SALVADOR

crimine ebbe l’effetto di portare a un cambiamento nella politica del

governo statunitense in El Salvador.

Con la mediazione delle Nazioni Unite, nell’aprile del 1990

ebbero inizio trattative di pace condotte dal peruviano Álvaro de

Soto, rappresentante del segretario generale dell’Onu di allora, Javier

Pérez de Cuéllar. In seguito, de Soto riconobbe l’importanza

decisiva dell’assassinio dei gesuiti per il successo delle trattative: «I

gesuiti dovettero perdere la vita per scatenare l’indignazione morale,

che tenne le forze armate salvadoregne sulla difensiva, e al tavolo

delle trattative le obbligarono alle concessioni senza le quali probabilmente

non si sarebbe giunti a una pace duratura. Le indagini

sull’omicidio e il processo delle trattative di pace si intrecciavano

come in una fuga degna di Bach: parevano ispirate dal cielo»3. Le

trattative portarono a un trattato di pace, che venne siglato nel gennaio

del 1992, e che però poi trovò un’applicazione limitata.

Nel settembre 1991, a San Salvador si arrivò a un processo nel

quale, per la prima volta nella storia del Paese, erano imputati otto

tra soldati e ufficiali. Tuttavia solo due di essi furono condannati,

per poi essere liberati nella primavera del 1993, grazie a un’amnistia

generale. Sebbene nel frattempo sia stato accertato che i vertici

militari nel loro complesso erano coinvolti nella progettazione del

massacro, il crimine rimane tuttora non chiarito. Dopo il fallimento

di tutti gli sforzi volti a una riapertura del procedimento giudiziario

in El Salvador, nel novembre 2008 l’associazione spagnola per

i diritti umani Apdhe, insieme alla Corte di giustizia nazionale di

Madrid, sporse denuncia contro 14 militari di alto rango. Il giudice

Eloy Velasco fondò la sua competenza sulla giurisdizione universale

che, secondo il Codice di diritto penale internazionale, sussiste nel

caso di crimini contro l’umanità. Cinque dei sei gesuiti erano di

origine spagnola.

Per lo meno in un caso si è arrivati al procedimento giudiziario

in Spagna. Nel 2017 Inocente Orlando Montano, l’ex viceministro

della pubblica sicurezza in El Salvador, è stato consegnato dagli Usa

alla giustizia spagnola. Nel maggio 2019, in un processo che è an-

 

  1. Cfr A. de Soto, «Prólogo», in T. Whitfield, Pagando el Precio: Ignacio

Ellacuría y el asesinato de los jesuitas en El Salvador, San Salvador, UCA, 1998, 13.

 

cora in corso, il Pubblico Ministero ha chiesto 150 anni di reclusione

per l’ex colonnello dell’esercito salvadoregno, avendo provato che

egli era uno dei mandanti dell’omicidio.

In El Salvador si attendono ancora giustizia e riparazione. Ma

il popolo salvadoregno ha le sue forme di memoria e di riparazione.

I reinsediamenti dei profughi dopo la guerra civile sono stati

intitolati ai gesuiti uccisi. I loro ritratti si trovano in molte chiese e

baracche. Nel luogo dove sono stati uccisi, oggi fioriscono le rose.

Come questo giardino di rose, anche la loro tomba nella cappella

universitaria è diventata luogo di pellegrinaggio. Ogni anno, nella

notte tra il 15 e il 16 novembre, nel campus universitario si radunano

migliaia di persone per cantare, pregare e celebrare i loro martiri. È

quello che avverrà anche quest’anno, in occasione del 30° anniversario

della strage.

La scienza al servizio dei poveri

Tra i sei gesuiti uccisi, il più noto era Ignacio Ellacuría. Egli

nacque il 9 novembre 1930 a Portugalete, nei Paesi Baschi. Nel

1947 entrò nel noviziato dei gesuiti a Loyola e nel 1948 fu mandato

nel noviziato del Centro America, di recente fondazione, a Santa

Tecla, in El Salvador. Dal 1949 al 1955 studiò lingue classiche e

filosofia a Quito, la capitale dell’Ecuador. Per tre anni poi insegnò

filosofia nel seminario interdiocesano di San Salvador. Dal 1958 al

1962 studiò teologia a Innsbruck (Austria) e, quando ripensava a

quel periodo, sottolineava l’importanza che le lezioni e i seminari

di Karl Rahner avevano avuto per lo sviluppo della sua teologia. Il

26 giugno 1962 fu ordinato sacerdote dal vescovo Paulus Rusch.

Nello stesso anno iniziò un dottorato all’Universidad Complutense a

Madrid e scrisse una tesi dottorale sul filosofo basco Xavier Zubiri5.

Nel 1967 Ellacuría fece ritorno in El Salvador e iniziò a insegnare

filosofia all’Universidad Centroamericana. Nel 1974 fondò,

insieme a Jon Sobrino, il Centro de Reflexión Teológica, dal quale poi

  1. Cfr M. Maier, «Karl Rahners Einfluß auf das theologische Denken

Ignacio Ellacurías», in Zeitschrift für Katholische Theologie 126 (2004) 83-109.

  1. Gli scritti filosofici di Ellacuría sono stati pubblicati postumi: cfr I.

Ellacuría, Escritos filosóficos, 3 voll., San Salvador, UCA, 1996-2001.

281

LA TESTIMONIANZA DEI GESUITI ASSASSINATI A SAN SALVADOR

è scaturito il Centro Monseñor Romero con la sua facoltà teologica6.

Nel 1976 assunse la direzione della rivista Estudios Centroamericanos

(Eca), che sotto di lui divenne la più importante del Paese per

le questioni politiche, sociali, economiche e culturali. Nel 1979 fu

nominato rettore dell’Uca. L’obiettivo della sua vita fu allora quello

di dare una veste scientifica e accademica all’opzione per i poveri7.

Come rettore dell’Università, egli interveniva continuamente

nei dibattiti pubblici, richiedeva maggiore giustizia sociale e il

rispetto dei diritti umani. All’inizio degli anni Ottanta, insieme

all’arcivescovo Arturo Rivera y Damas, fece da mediatore per l’introduzione

di colloqui di pace nella guerra civile. Fu anche uno dei

più fecondi teologi della liberazione. Molto forte era l’odio nutrito

nei suoi confronti dai circoli oligarchici, infastiditi dal suo operato.

Ellacuría era convinto di non poter continuare a compiere un

lavoro scientifico che fosse fine a se stesso in mezzo alla miseria della

maggioranza della popolazione salvadoregna: una miseria che gridava

vendetta. L’Uca allora si doveva impegnare a favore delle riforme

sociali, con l’obiettivo di arrivare a un ordine sociale più equo;

doveva farsi voce di quanti non avevano voce. In tal modo, però, egli

divenne sempre più il bersaglio dei ricchi e dei potenti.

Tra il 1976 e il 1989 furono compiuti 16 attentati con bombe

contro l’Uca. Per quattro volte venne fatta saltare in aria la tipografia,

dove venivano stampati i libri delle edizioni universitarie e

otto riviste. Parlando degli attentati contro la tipografia, Ellacuría

citava un poeta spagnolo, il quale, durante la censura della dittatura

franchista, affermava: «Non lasciano che la gente veda quello che

scrivo, perché scrivo quello che vedo».

Scrivere, analizzare quello che si vede, comprendere la realtà

socio-politica come una sfida per l’Università: è questo il vero motivo

per cui sono stati colpiti proprio quei professori. Da sociologo e

direttore dell’Istituto per i diritti umani dell’Uca, Segundo Montes

si interessava della sorte dei profughi della guerra civile. In quali-

  1. Cfr, per una selezione di testi teologici di Ellacuría in traduzione tedesca,
  2. Ellacuría, Eine Kirche der Armen. Für ein prophetisches Christentum, Freiburg,

Herder, 2011.

  1. Cfr, su questo argomento, I. Ellacuría, Escritos Universitarios, San

Salvador, UCA, 1999.

 

tà di studioso di psicologia sociale, Ignacio Martín-Baró valutava

le conseguenze della guerra sui bambini. Amando López e Juan

Ramón Moreno insegnavano teologia sulla linea della teologia della

liberazione ed erano strettamente legati alle comunità ecclesiali di

base. Joaquín López y López era tra i fondatori dell’Università e, al

momento del suo assassinio, dirigeva l’opera scolastica Fe y Alegría.

L’Uca doveva distinguersi da altre organizzazioni formative di

alto livello dell’America Latina che venivano finanziate dai ceti elevati

e nelle quali ricevevano una formazione solo i figli degli oligarchi.

Non doveva essere un’isola di un presunto sapere puro, come

sono isole di benessere, in un mare di miseria sociale, i palazzi dei

ricchi, separati dall’ambiente esterno per mezzo di muri. Un’università

che si fosse chiusa in se stessa come una torre d’avorio avrebbe

contribuito inevitabilmente al rafforzarsi delle strutture sociali di

ingiustizia. In quanto università, l’Uca doveva impegnarsi per un

cambiamento sociale volto a un giusto ordinamento della società.

In tutto questo, Ignacio Ellacuría non ebbe mai alcun dubbio

sul fatto che l’università dovesse essere un luogo in cui si coltivano

con metodo l’intelletto e la razionalità. Argutamente, ebbe a

dire più volte che un’università che vuole far sentire il suo influsso

sul cambiamento della società ha bisogno di un rigore scientifico

maggiore delle altre università. In una conferenza all’Universitad

Comillas di Madrid nel 1989, raccontò che alcuni studenti salvadoregni

gli avevano riferito con orgoglio di aver lanciato uova

contro il vicepresidente statunitense in occasione di una sua visita.

E lui aveva replicato che non avrebbero dovuto lanciare uova, ma

statistiche. In altri termini, Ellacuría voleva dire che lo scienziato

dell’Uca doveva lavorare sui dati, ma mai in maniera teorica: il suo

lavoro scientifico doveva partire dalla realtà del Paese e mirare alla

sua trasformazione.

Come in ogni altra università, per l’Uca, accanto alla ricerca,

aveva un ruolo fondamentale l’insegnamento. Attualmente l’Uca

conta più di 9.000 studenti e studentesse e oltre 300 insegnanti.

Così si tende a formare i giovani, affinché divengano attori del

cambiamento sociale. Oltre a una formazione specialistica, si cerca

di comunicare loro anche i valori etici e cristiani. Da questo punto

di vista, l’opzione per i poveri costituisce la premessa necessaria,

ma anche l’obiettivo pratico del lavoro scientifico dei professori.

Citiamo le parole di Ignacio Ellacuría: «L’università deve incarnarsi

intellettualmente nei poveri, per essere la scienza di quanti

non hanno accesso alla scienza, la voce colta di quanti non hanno

voce […]. A causa di questa opera siamo stati duramente perseguitati

[…]. Se negli ultimi anni la nostra università non avesse

partecipato per nulla alla sofferenza e alla morte del popolo salvadoregno,

non avrebbe adempiuto il suo compito universitario,

e ancora meno avrebbe reso evidente il suo orientamento cristiano.

In un mondo in cui regnano la menzogna, l’ingiustizia e la

repressione, un’università che lotta per la verità, la giustizia e la

libertà non può che essere un’università perseguitata»8.

La dimensione storico-ecclesiale

Anche la storia degli Ordini religiosi e della Chiesa rientra nelle

dimensioni storiche del crimine. Con la scelta di fondo a favore

della fede e della giustizia, l’Ordine dei gesuiti fece propri i nuovi

orientamenti decisi dai vescovi latinoamericani nel 1968, durante

la Conferenza episcopale tenutasi nella città colombiana di Medellín.

Sforzandosi di applicare il Concilio Vaticano II alla situazione

dell’America Latina, i vescovi avevano riconosciuto nella miseria

– che gridava vendetta – della grande maggioranza degli uomini

che vivevano nel subcontinente la sfida decisiva per la Chiesa. Da

ciò fecero derivare l’«opzione preferenziale per i poveri», con cui descrissero

la loro decisione di fondo di impegnarsi in America Latina

a favore della liberazione e della giustizia.

Contemporaneamente sorgeva anche la «teologia della liberazione

», nella quale la fede e la giustizia venivano messe in un nuovo

rapporto reciproco. La salvezza cristiana non era più unicamente una

questione che riguardava l’aldilà, ma interessava anche il «qui e ora».

In questo modo si introdusse una svolta storica nella storia della

Chiesa latinoamericana. Per secoli, in America Latina la Chiesa – a

parte poche eccezioni – era stata considerata connivente con i potenti

e i ricchi. Con i documenti di Medellín, questa connivenza

  1. Ivi, 226 s.

fu troncata. Ciò mise in allarme non soltanto le oligarchie latinoamericane,

ma anche il governo degli Stati Uniti. Si aprì così un

conflitto. Collegare Dio con le strutture politiche ed economiche

venne squalificato come marxismo e comunismo, e ancora oggi è

un’etichetta mortale in America Latina.

In El Salvador tale conflitto si fece particolarmente intenso. Il

più piccolo Paese dell’America Latina unisce in sé tutta la bellezza,

ma anche tutte le tensioni e le contraddizioni di quel continente.

Tradizionalmente El Salvador era un Paese agricolo, esportatore

di caffè, cotone e canna da zucchero, dominato dalle proverbiali

«14 famiglie». Nel 1932, l’esercito aveva represso nel sangue un

movimento di rivolta dei contadini e dei braccianti agricoli: nella

famigerata matanza si ebbero 30.000 morti nel giro di poche settimane.

Fino al 1979, il Paese fu governato da dittature militari,

che si preoccupavano

di mantenere un’indispensabile facciata democratica.

Nel corso di un’ondata di industrializzazione, negli anni

Sessanta si costituirono sindacati, partiti di opposizione riformisti

e organizzazioni studentesche che premevano per una riforma del

Paese e per le trasformazioni sociali.

Agli inizi degli anni Settanta, quasi la metà dei terreni coltivabili

era nelle mani dell’1,5% dei proprietari terrieri, mentre l’87%

dei contadini si divideva appena il 20% delle terre. La crescente

polarizzazione sociale e la repressione sempre più aspra da parte del

governo portarono nel 1981 allo scoppio di una guerra civile tra

la guerrilla di sinistra del Frente Farabundo Martí para la Liberación

Nacional (Fmln) e l’esercito. Tale guerra venne condotta dagli Usa

come una Ersatzkrieg ideologica, che rientrava nel più ampio contesto

del conflitto tra Est e Ovest. Gli Stati Uniti la finanziarono,

dando all’esercito oltre tre miliardi di dollari. L’arcivescovo Arturo

Rivera y Damas, morto nel 1994, commentava seccamente: «Gli

Usa forniscono le armi e noi forniamo i morti».

Collegata alla repressione politica, negli anni Settanta e Ottanta

scoppiò in El Salvador una vera e propria persecuzione della Chiesa.

Migliaia di cristiani impegnati, 18 sacerdoti, 4 suore e l’arcivescovo

Óscar Romero ne furono le vittime. Il primo sacerdote che venne

assassinato nel 1977, insieme a due accompagnatori, su ordine dei

grandi proprietari terrieri, fu il gesuita p. Rutilio Grande. Il proces

so di beatificazione delle tre vittime è ormai in fase di conclusione.

Nel villaggio rurale di Aguilares, p. Grande aveva imparato a

leggere il Vangelo insieme alle persone del posto come messaggio

di liberazione. Diceva spesso nelle sue prediche: «Dio non se ne sta

sdraiato su un’amaca lassù in cielo, ma è in mezzo a noi».

L’assassino di Rutilio Grande risultò decisivo per la trasformazione

dell’arcivescovo Óscar Romero da uomo di Chiesa timoroso

e apolitico a coraggioso profeta, difensore dei poveri9. Questa trasformazione

si manifestò anche nel suo mutato atteggiamento nei

confronti dei gesuiti. Se, infatti, in precedenza egli aveva mantenuto

una distanza critica da loro, da quel momento Ignacio Ellacuría

e Jon Sobrino divennero i suoi più stretti consiglieri nel corso nei

suoi tre anni di episcopato10.

La situazione attuale

In genere, El Salvador viene menzionato dai mezzi di comunicazione

solo se vi si verificano delle catastrofi naturali o quando è

teatro di crimini eccezionali, come ad esempio l’assassinio dei sei

gesuiti e delle due donne. Qual è la situazione oggi in El Salvador?

Anche 27 anni dopo la firma dell’accordo di pace, i problemi

del Paese sono ben lungi dall’essere risolti. Ci si trova ancora in un

difficile e delicato processo di passaggio dalla guerra civile alla pace

vera, da decenni di dittature militari alla democrazia, da polarizzazioni

sociali estreme a una riconciliazione nazionale. La possibilità

di una revisione dei peggiori crimini della guerra civile, come richiesto

dagli accordi di pace, è stata sprecata con la frettolosa amnistia

generale accordata nel 1993.

Allarmante è soprattutto la dimensione assunta dalla violenza.

In questo modo oggi restano vittime di omicidi e uccisioni almeno

altrettante persone quante ve ne furono negli anni della guerra

civile. Nel 2018 sono state uccise 3.340 persone. Così, in media, 91

persone su 100.000 sono rimaste vittime di crimini violenti. Si trat-

  1. Cfr M. Maier, Oscar Romero – Prophet einer Kirche der Armen, Freiburg,

Herder, 2015.

  1. Cfr Id., «Monseñor Romero y la teología de la liberación», in Revista

Latinoamericana de Teología 99 (2016) 201-214.

 

ta di una delle percentuali più alte dell’intera America Latina. Dietro

questi numeri c’è il problema delle bande giovanili, le cosiddette

maras, a cui vanno attribuiti i due terzi di tutti gli omicidi. Finora

i governi hanno cercato di contrastare il problema della violenza

con il «pugno di ferro», e poi con il «pugno d’acciaio». I motivi più

profondi tuttavia vanno individuati sempre nelle estreme contraddizioni

sociali e nella mancanza di prospettive per i giovani.

La migrazione verso gli Usa mostra quanto molti considerino

insolubile la situazione in El Salvador. Ogni giorno centinaia di

persone intraprendono il costoso e pericoloso viaggio verso il nord.

In modo impressionante, nel giugno 2019 una foto ha portato all’attenzione

dell’opinione pubblica mondiale le tragedie collegate a tale

situazione. La foto mostrava i corpi abbracciati di Óscar Martínez e

di sua figlia Valeria di due anni, che erano annegati nel Rio Bravo,

un fiume che traccia il confine tra Messico e Stati Uniti. Negli Stati

Uniti vivono – legalmente o illegalmente – due milioni e mezzo

di salvadoregni, che nel 2018 hanno mandato alle loro famiglie 5,4

miliardi di dollari. Si tratta del 21,3% del prodotto interno lordo del

Paese. Così anche l’espulsione di un milione di salvadoregni, minacciata

dal Governo Trump, avrebbe conseguenze catastrofiche

per El Salvador.

Il 2 febbraio 2019 è stato eletto presidente di El Salvador il trentottenne

Nayib Bukele, rampollo di una famiglia molto facoltosa di

origine palestinese, che ha vinto le elezioni al primo turno con la

maggioranza schiacciante del 53%. Il partito di destra Arena aveva

governato il Paese centroamericano dal 1989 al 2009, ed era stato

sostituito poi alla presidenza dal Fmln di sinistra. Nella campagna

elettorale Bukele ha promesso la fine della corruzione, il superamento

della violenza delle bande giovanili e la creazione di posti

di lavoro. Tuttavia, non ha mai chiarito esattamente in che modo

avrebbe realizzato tutto ciò. In Parlamento, ora deve appoggiarsi a

delle coalizioni politiche. Il suo stile di governo è autoritario. Per la

lotta alle bande giovanili ha fatto uscire l’esercito dalle caserme e sta

prendendo in considerazione anche l’aiuto militare degli Usa. Ciò

riporta alla mente tristi ricordi del passato. Bukele è un uomo molto

abile nell’uso dei mezzi di comunicazione. Ma le speranze che con

lui si arrivi a vere e proprie trasformazioni politiche e sociali appaiono

molto tenui.

L’ambivalenza della memoria

Duemila anni fa, criticando gli scribi e i farisei, Gesù metteva

in evidenza con polemica mordacità l’ambivalenza dei monumenti

eretti alla memoria dei profeti: «Guai a voi, scribi e farisei ipocriti,

che costruite le tombe dei profeti e adornate i sepolcri dei giusti, e

dite: “Se fossimo vissuti al tempo dei nostri padri, non saremmo stati

loro complici nel versare il sangue dei profeti”. Così testimoniate,

contro voi stessi, di essere figli di chi uccise i profeti» (Mt 23,29-31).

La commemorazione dei gesuiti dell’Uca assassinati può costituire

oggi uno sprone a combattere l’oblio e la rimozione della questione

della giustizia nei Paesi che godono del benessere e a livello globale.

Si tratta in questo caso di superare quella «globalizzazione dell’indifferenza

» che papa Francesco ha condannato duramente, considerando

il destino dei profughi annegati nel Mediterraneo. A questo

proposito, viene in mente quello che in un suo discorso diceva il

grande scrittore ebreo e testimone della Shoah Elie Wiesel: «Sono

stato sempre convinto che l’opposto dell’amore non sia l’odio, ma

l’indifferenza; che l’opposto della fede non sia la presunzione, ma

l’indifferenza; che l’opposto della speranza non sia la disperazione,

ma l’indifferenza. L’indifferenza non è l’inizio di un processo, ma la

fine di un processo»11.

Secondo Adorno, dimenticare le vicende di ingiustizia porta

come conseguenza che alle vittime e «agli uccisi […] viene tolta

l’unica cosa che la nostra impotenza è capace di donare loro: la

memoriaサ12. Non si parla qui di una memoria sterile. Il ricordo delle

vittime, infatti, è memoria autentica solo se ci rende sensibili alle

sofferenze attuali degli uomini e se da essa scaturisce una prassi

capace di riformare le strutture di ingiustizia.

  1. O. Schwencke (ed.), Erinnerung als Gegenwart. Elie Wiesel in Loccum.

Loccumer Protokolle 25 (1986), Rehburg-Loccum, Evangelische Akademie Loccum,

1987, 157.

  1. Th. W. Adorno, «Erziehung nach Auschwitz», in Erziehung zur

Mündigkeit, Frankfurt, Suhrkamp, 1982, 12.__

 

 

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